Big data, la vacuna digital contra el coronavirus

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La pandemia de coronavirus está demostrando cómo la tecnología puede marcar la diferencia a la hora de abordar esta crisis. 

Los países asiáticos que han digitalizado la gestión sanitaria utilizando big data están poniendo freno al virus. Mientras, en Europa y Estados Unidos la descoordinación de los distintos actores involucrados en el almacenamiento y la explotación de los datos personales impide atajar la crisis con esta eficiencia.
Las primeras medidas que han tomado los Estados para contener el avance del coronavirus, como el cierre de espacios públicos o intensas campañas de sensibilización en medios de comunicación, pronto se vieron insuficientes. Una vez que la cifra de contagios comenzó a despuntar, distintos Gobiernos empezaron a recurrir a dos medidas que han destacado por encima de las demás: el uso del big data y el confinamiento. Aunque no han sido excluyentes, los países que tienen la capacidad de implementar eficazmente la primera se han permitido, por regla general, recurrir menos a la segunda. Este ha sido el caso de Corea del Sur o Taiwán, donde se está utilizando análisis de datos para contener el avance del virus. En China, si bien se ha aplicado un férreo confinamiento, también se ha hecho uso del big data.
En un encuentro vía telefónica, ingenieros de Apple y Google explicaron que el proyecto ofrecerá una «gran privacidad». A diferencia de otras herramientas existentes para la lucha del Covid-19, que aprovechan el sistema de geolocalización de los terminales, la idea que les ha unido se basa en BluetoothLow Energy. Una tecnología inalámbrica de corto alcance que permitirá intercambiar datos e información cuando dos «smartphones» se encuentren cerca.
Es decir, permitirá conectarse entre dispositivos y alertar a otros usuarios si han estado cerca de una persona con síntomas, aunque la clave está en el propio usuario: deberá comunicar y participar en la iniciativa para que sea efectiva. La idea es usar las señales que emiten desde otros móviles y procesarlas en forma de alertas por diferentes niveles de proximidad y peligrosidad. Un aspecto positivo es que seguirá funcionando incluso cuando el GPS no se pueda conectar, por lo que es más eficiente que otras aplicaciones de geolocalización.
Los datos de ubicación se pueden usar para controlar si las personas, sea de manera individual o en conjunto, respetan las órdenes de permanecer dentro de sus hogares. Pero, también, se puede usar para el rastreo de contactos: determinar si las personas han estado en contacto con otras personas que tienen el coronavirus para que puedan hacerse la prueba o ponerse en cuarentena.
Para entenderlo: dos móviles que estén cerca intercambiarán un código de identificación, anónimo y aleatorio (que cambiará cada dos semanas, el tiempo de la cuarentena), por lo que ningún usuario podrá conocer el paradero del resto. En el listado de notificaciones un usuario podrá saber si ha estado en contacto con una persona. Aunque tiene una contrapartida: esta idea basada en Bluetooth está lejos de ser perfecta porque los teléfonos pueden iniciar sesión en otro incluso cuando están a pocos metros de distancia o en lados separados de la pared del vecino que, es probable, nunca se crucen en la escalera.
Usando Bluetooth, los dispositivos pueden registrar otros en los que han estado cerca. Y si alguien se infecta, existiría una lista lista de sus encuentros anteriores. Los móviles de la lista recibirían notificaciones «push» que los animarían a hacerse un test o a aislarse por su cuenta.

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