Jordí, inmigrante que triunfó con sus drones

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De entrada, a nadie se le ocurriría regalar un dron por un cumpleaños. Quizá no tanto porque la idea no pueda resultar atractiva sino porque uno los identifica con carísimos artilugios sólo al alcance del ejército de Estados Unidos. Jordi Muñoz, mexicano de 28 años, comenzó a los 20 hackeando su consola de Nintendo después de ser rechazado por el Instituto Politécnico del D.F. y hoy está al frente de 3D Robotics, la empresa número uno de EEUU especializada en drones civiles con más de 200 empleados en sus centros de California y México y que facturó más de 20 millones de dólares el año pasado.

Muñoz ha sido escogido por Forbes como uno de los «30 (millonarios) menores de 30»: «Al principio pensé que me vendría bien un poco de dinero extra. Ahora mismo doblamos los resultados todos los años. Nuestra intención es ser la primera gran empresa para la que no haya divisiones entre México y Estados Unidos, tenemos plantas en California, en Texas y en Tijuana y para nosotros esa frontera simplemente no existe».

Los drones de Muñoz se pueden encontrar en la web de 3D Roboticsa partir de 600 euros. Son artilugios voladores que siguen rutas preestablecidas por el usuario y van registrando con su cámara lo que encuentran a su paso. ¿Si existen aerolíneas lowcost y ropa de diseño a precios asequibles, por qué no aviones no tripulados? «Al principio nadie pensaba que los drones tuvieran un mercado», explica Muñoz, «ahora mismo muchos han visto que sí y vamos a tener mucha competencia. La pregunta es quién será el líder».

¿Para qué sirve un dron? Con más de 30.000 clientes, sus principales usos son en agricultura, servicios de rescate, construcción o ecología. En un futuro no lejano, los mensajeros de toda la vida podrían ser sustituidos por estos aparatos. «Es una industria nueva que está creciendo y algunas aplicaciones plantean dudas sobre privacidad, hay que ser prudentes», opina. Porque los drones están

A la manera del «sueño americano», la historia de Muñoz es la de un éxito insospechado. Sin trabajo, sin estudios y deprimido por problemas familiares, el mexicano tuvo un hijo a los 20 años y se fue a EEUU con su mujer y el bebé con una mano delante y otra detrás. «Me di a la droga dura», ironiza. «Pasaba 20 horas diarias delante del ordenador». En un foro de aficionados conoció a Chris Anderson, ex editor de Wired, la revista de tecnología más influyente del mundo, quien se quedó impresionado con un helicóptero de control remoto de los que se venden en las jugueterías que había hackeado para poder preprogramarlo. Era su primer éxito después de 500 vuelos fallidos.

Anderson le mandó dinero y Muñoz pudo desarrollar sus ideas sin agobios económicos. Fundaron la empresa sin conocerse y aún hoy siguen viviendo en ciudades distintas (Muñoz en San Diego y Anderson en Berkeley). La prueba y el error fueron las principales herramientas de las que se valió el precoz autodidacta para perfeccionar sus drones. Hoy ha abandonado las tareas administrativas de la empresa para concentrarse única y exclusivamente en el desarrollo de un nuevo software más potentey de bajo coste. Asegura que podría vender la empresa y retirarse plácidamente. Pero prefiere la «droga dura», y ahí sigue, echando horas delante del ordenador y creando unos aparatos que formarán parte de nuestra vida cotidiana.

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